Opinión - Y su paz, ¿Cómo la quiere? ¿con sal o con limón?

En medio de tanto bombardeo por parte de los medios de comunicación, columnistas de opinión, aficionados de izquierda y derecha, y militantes de partidos políticos de CENTRO y DEMOCRÁTICOS, que con mano grande y corazón firme han puesto en evidencia su posición respecto del “mal llamado” proceso de paz, aquel que se adelanta en la Habana entre el gobierno nacional y los máximos jefes de las FARC, es posible sacar algunas conclusiones.

La opinión de los colombianos puede dividirse en dos grandes subgrupos: por un lado, están aquellos que se aferran a gritar con entonada voz y sentimiento patriota, desde sus cómodos sillones en la ciudad donde el conflicto armado en Colombia poco y nada los toca directamente, que no es admisible firmar la paz con impunidad y que de ser así se deben cancelar los diálogos y volver al monte, donde, repito, esas balas que se disparan no entran por sus ventanas ni sienten los bombazos día y noche; por otro lado, están aquellos que aseguran que sin importar el costo se debe continuar con el proceso de paz y culminarlo con la “firma de la paz”, pero… ¿En dónde encontramos a los que opinan que la paz en Colombia es un tema de muchas más profundidad que un papel firmado en la Habana?

 

No quiero que se confunda mi posición respecto de los diálogos de la Habana, pero ¿acaso llegar a un acuerdo con la guerrilla de las FARC cesará el conflicto en Colombia?.

 

En un artículo de Felipe Chica Jiménez, en colaboración para El Espectador del 20 de Septiembre de 2015, titulado: “¿Quién mata a los jóvenes en Ciudad Bolívar?” se exhibe el grave conflicto que vive una de las localidades de Bogotá más golpeadas por la desigualdad, la pobreza, la injusticia, pero sobre todo por la inseguridad atribuible a bandas delincuenciales de veteranos experimentados o jóvenes que desde temprana edad empuñan armas de fuego para dedicarse a la delincuencia, bien sea al hurto, a la seguridad de los expendios de droga de esta zona, tráfico de armas, y muchas más actividades matutinas (esa lista es lo suficientemente larga y es, definitivamente, muy aterradora y espeluznante). Además allí se entrevista a un joven que ha decidido salir de ese mundo y narra con pelos y señales cómo desmovilizados de grupos paramilitares se dedican a los negocios ilícitos, por otra parte, están aquellos que se hacen llamar “limpieza social” que, generalmente, también están asociados a grupos paramilitares urbanos y de extrema derecha, y finalmente, el cuadro lo completa el pequeño niño que quiere ser “grande y fuerte” y empieza inmiscuirse en este mundo que terminará superando a sus antecesores o quizá termine antes de lograrlo.

 

Como hoy está de moda hablar del conflicto que presenta nuestro país con nuestros hermanos venezolanos, yo no me perdonaría desaprovechar esta oportunidad para también hablar de esto, primero que todo veo con tristeza como mis compatriotas son deportados del país hermano de esa forma tan arbitraria y déspota, con la misma tristeza con la que veo cómo están asesinando y desplazando a mis indígenas en el Cauca por grupos paramilitares apoyados, en alguna medida, por sectores políticos y grandes empresarios; sin embargo algo que me causa más dolor aún es ver cómo mi gente no está preparada para la paz: en las redes sociales estuvo dando vueltas una fotografía de un hombre armado pisando a un niño y apuntándole en su cabeza (situación que me genera un gran descontento, porque los más inocentes en cualquier conflicto son los niños) y algunas personas inescrupulosa aseguraron que se trataba de un soldado venezolano y que aquel menor de edad era colombiano, cuando al lado izquierdo de la fotografía se evidencia una mujer con su Hiyab llorando por tan lamentable escenario, sin embargo vi día tras día como todos y cada uno de los que conocía y tenía en redes sociales fueron compartiendo dicha imagen asegurando que era un venezolano, posteriormente, como por arte de magia, empezaron a aparecer comentarios cargados de odio hacia nuestros hermanos venezolanos que nada de culpa tienen de las malas decisiones que tomen sus gobernantes.

 

Con base en el anterior experimento social y analizando esa publicación y los comentarios que le seguían, me pregunté: ¿En caso de llegar a firmar un acuerdo en la habana, la tan anhelada paz llegaría por fin a nuestro país? Creo que la respuesta es desmotivante y desalentadora, pues si en mi país se siguen presentando ese tipo de conductas, si continúa la corrupción, el paramilitarismo, los grupos guerrilleros, y esa estupidez generalizada de muchas personas de creerse superior a los demás, tanto en situaciones cotidianas del ciudadano de a pie, como en los grandes políticos y empresarios que pisotean a los demás por tener poder, me temo que nunca habría paz en nuestro país.

 

Así que retomando nuestro tema central y para culminar, algunas personas desean la paz amarga, esta es sin impunidad y que llegue con más muertes de ambos lados del conflicto y, por supuesto, también de campesinos que están en el medio; y las otras desean una paz salada: que se firme un acuerdo en la Habana sin importar las condiciones y seguir comportándose como ser irracional y primitivo que no respeta a su compañero.

 

Finalmente lo único importante es cumplir con los resultados y las cifras, así que si el gobierno Santos aseguró, en campaña política, llegar a un acuerdo con las FARC, lo importante es hacerlo, así emerjan más grupos delincuenciales por que el Estado Colombiano no tiene cómo garantizar un futuro a todas estas personas que saldrán desmovilizadas, ni puede ofrecer trabajo a todos los colombianos, de la misma forma como sucedió en el gobierno Uribe con la Ley de Justicia y Paz, que “desmovilizaron los grupos paramilitares” y ahora son estos los que azotan los sectores más vulnerables de la ciudad.

 

Así que a usted, que está leyendo esta columna me permito preguntarle, ¿Cómo quiere la paz? ¿Con sal o con limón?.

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